La "problemática de las drogas",así dicho, no existe, salvo que consideremos la propia naturaleza humana como un problema en sí misma. Me explico.
Puede parecer una perogrullada, pero se podría resumir la evolución de la especie mediante el concepto de la drogadicción. Nadie sería capaz de negar desde el positivismo que todo lo que nos acontece, tanto a nivel ontogenético como filogenético, está inexorablemente vinculado, y de ello depende la supervivencia de la humanidad, a las respuestas que seamos capaces de proveer a los mecanismos de recompensa de nuestro cerebro. Éstos nos invitan a acometer nuestras funciones básicas. La alimentación y la reproducción surgen de una pulsión de complacencia con ellos, y la bioquímica de los procesos es sustancialmente parecida a la que determina la ingesta de estimulantes. Reflexión tan simple nos debe obligar a plantearnos pues, si algo tan natural e inherente a nosotros mismos puede ser considerado un problema – pues el sexo no está catalogado como tal, ni la alimentación lo ha estado hasta que las dietas se han convertido en negocio-.
Se tiene constancia de que, a lo largo de la Historia, en todo tipo de culturas, con independencia del meridiano y latitud en que nos situemos, los hombres han recurrido a drogas para conseguir la complacencia que su cerebro necesitaba y solo desde el penúltimo siglo a tales conductas se les ha otorgado un carácter de excepcionalidad que nos ha llevado a considerarlas como un vicio o una enfermedad. Tal punto de vista ha conllevado una permanente tendencia al prohibicionismo y la consiguiente criminalización y estigmatización. No obstante, el consumo de drogas sintéticas, la cocaína y los opiáceos sigue in crescendo. La Oficina para el Control de Drogas y la Prevención del Crimen de la ONU indica que actualmente hay más de 200 millones de consumidores en el mundo. Eso por no hablar de las drogas institucionalizadas.
Por otra parte, me parece demagógico que aquellos que se refieren a las drogas como “problema” coloquen al mismo nivel que las drogas “prohibidas” el alcohol y el tabaco ya que, aún compartiendo las características de las primeras, es una supina y pretenciosa estupidez decir que la estigmatización y el grado de problemáticas asociadas a su consumo es similar en ambos casos.
Fumadores y bebedores mantienen relaciones sociales y laborales perfectamente homologadas con la sociedad actual y solo se advierte en sus hábitos un problema sanitario que, por cierto, en el caso de las drogas prohibidas se agravan por la inexistencia de control sobre los procesos de producción y distribución y la desinformación sobre su ingesta y administración.
Con todo esto quiero decir que hablar de “la problemática de las drogas” a nivel social es un error que, aún lingüístico, ha degenerado en confusiones estructurales e interesadas para los prohibicionistas. Se debe hablar, aunque resulte más largo e incómodo, de PROBLEMAS ASOCIADOS a la ESTIGMATIZACIÓN SOCIAL por el CONSUMO de DROGAS ILEGALES ( en adelante PAESCODI).
Los PAESCODI son el ámbito de actuación de los trabajadores sociales. Pretender extenderlo más sería obrar contra natura y, lo que es peor, contra nuestros usuarios y su libertad. Pensando siempre desde la utopía, pues la utopía es la identidad, la piedra filosofal que infunda las vocaciones del trabajo social, nuestro objetivo será actuar a nivel global para que el trato social hacia los consumidores de drogas ilegales no difiera del que se le da a quienes fuman y a quienes beben alcohol o café y, a nivel individual para que consumir acarree el menor tipo de problemas a quienes optan por ello. En definitiva, orientarnos hacia lo que se conoce como “reducción de daños”, paradigma en el que muchos profesionales han profundizado.
Sin embargo en nuestros días no es fácil. Está muy arraigado ya el pensamiento colectivo que tiende a la estigmatización y todos los sistemas de cobertura para la drogadicción invitan a lo mismo y lo agudizan. Baste como ejemplo las iniciativas legales que en todo occidente se están promoviendo acerca del tabaco y el alcohol. Así, tendrían que pasar varias generaciones con políticas opuestas a las actuales para que opiniones como la mía no fuesen consideradas como perniciosas por el vulgo y los PAESCODI se redujesen de modo significativo.
Quizás – que no se me malinterprete- el aumento del consumo entre los más jóvenes supondrá un cierto avance en ese sentido, pues, mal que bien, los ciudadanos del futuro tendrán un grado de madurez y conocimiento acerca de las drogas mayor que el que se tenía en décadas pasadas, especialmente en España. Esto me hace preveer que cada vez serán menos los que vean en el fenómeno del consumo algo raro y en el consumidor un bicho que hace cosas raras. En ese sentido, aunque se apunte siempre a un supuesto pasotismo de los jóvenes, opino francamente que la nuestra es una juventud contestataria, a su manera y hacia objetivos diferentes a los de jóvenes de otras generaciones. Las cifras sobre consumo, fenómenos como el botellón etc. ejemplifican ese ánimo de rebeldía ante los mensajes cotidianos de las autoridades y de los medios de comunicación. La diferencia con otras movilizaciones históricas, es que las nuestras ya no son por las libertades y los derechos colectivos, si no por los individuales, sin que por ello nos quedemos parados ante injusticias globales. No hay más que recordar las movilizaciones contra la invasión de Irak en toda Europa, por la mala gestión del caso Prestige en Galicia, o las movilizaciones de los jóvenes de los arrabales en Francia a favor de la “egalité” de hace un par de años. Los jóvenes que las protagonizaron son los mismos a los que se le coloca el cartel de viciosos malcriados, y ellos son los que podrían aportar mucho, a nivel global, en paliar los PAESCODI.
Para finalizar, aclarar, por si necesario fuere, que en ningún momento mi postura significaría, ni en la teoría ni en la práctica, una incitación al consumo, solamente pretendo sacar el tema de su contexto actual para ampliar la perspectiva y acentuar la idea de NORMALIDAD que, de entrada, podría hacer más llevadera a los profesionales moralistas la obligación de actuar respetando a cada persona en su integridad e individualidad.